No quiero ser misionero 

De pequeño nunca quise ser misionero, pero sí que admiraba mucho a l@s misioner@s. Personas que habían dejado su país, su gente, su familia… y vivían en las misiones, unos lugares por ahí en los confines del mundo (véase la selva, unas montañas perdidas…), ayudando a los más pobres, enseñándoles, curándoles y predicando la Palabra de Dios, porque nunca la habían escuchado antes. Eran unos héroes, gente de otra pasta, de una fidelidad y virtud más que probadas… Habían recibido de Dios una llamada especial y había que rezar por ellos, y en la campaña del DOMUND ayudarles con dinero para los niños pobres. Con el tiempo vi en ese concepto de misioner@ y de misiones que había algo que no me gustaba demasiado. Y esto por varias razones.

Ser testigo es pisar y compartir la misma tierra.

Por una parte, en una sociedad cada vez más globalizada, donde todas las fronteras se desdibujan cada vez más, para ser misioner@, desde mi más humilde opinión, no se necesita necesariamente salir de un entorno físico determinado, sino tener una actitud de salida, de apertura. Se es testigo del Señor allí donde uno está. De hecho se puede ser el mejor misioner@ del mundo estando en un convento d clausura (véase Santa Teresa de Lisieux que es patrona de las misiones) o en el supermercado de la vuelta de la esquina de tu casa. Y al contrario, se puede tener la menor de las inquietudes misioneras estando en el corazón de la estepa siberiana o entre los tongas, como es mi caso. Por tanto, no es el lugar sino la actitud, aunque haya algunas personas que estén trabajando en lugares donde tradicionalmente no hay (muchos) cristian@s.

Por otra parte, esto de estar en lugares tradicionalmente de misión no es mejor ni peor, ni más heroico ni menos. ¿Qué es mejor: ser palmera en el desierto o encina en la dehesa salmantina? Simplemente son especies diferentes. Además, si se me apura, casi no se necesita una llamada especial de Dios, ya que tod@ cristian@ está llamad@ a ser misioner@, es decir, ser testigo del amor de Dios por los hombres.

Ser testigo es construir juntos.

Otra cuestión a tener en cuenta es que, al hablar de los misioner@s de toda la vida, había un punto de arrogancia en la manera de presentar el Evangelio. Me explico: siempre eran los misioner@s los que aportaban algo bueno a los demás. “¡Y tan bueno!” me diréis. La Buena Noticia de Jesús. Siempre era la cultura la que salía enriquecida del encuentro con el Evangelio. Siempre era el misioner@ quien iluminaba con su acción -bueno, la acción de Dios- el mundo, como si éste no tuviera nada que decir o aportar. Sin embargo, todas las culturas tienen la huella de Dios en sus entrañas, pues todas las personas fuimos creadas por Dios. Se nos olvida a menudo que antes de que los misioner@s llegaran a un sitio, éste ya había sido visitado por Dios. Por ello la misión es un encuentro, es un camino de ida y vuelta. Es como la encarnación: Dios se da al hombre y recibe de éste la humanidad. Dos direcciones: Dios-hombre y hombre-Dios. Por tanto, en esto de la misión se es testigo no sólo del amor de Dios a los hombres, sino de la huella de Dios en la humanidad y de cómo ésta quiere llegar a Dios.

Por último, en la mente de mucha gente sigue funcionando la asociación misión-pobres-dinero. Y claro, es necesaria la colaboración económica para la evangelización (esto es impepinable), pero me surgen dos preguntas. La primera: financiar los proyectos sociales, de cooperación, de evangelización… en los países tradicionalmente misioneros (y pobres) desde la vieja Europa, o los países de Occidente ¿no sigue generando una dependencia de estos países con respecto a los países de donde son l@s misioner@s? Más aún, en ocasiones, según desaparecen l@s misioner@s de turno no desaparecen también los proyectos que estaban a su cargo? Y la segunda pregunta: ¿qué sucede cuando se es misioner@ en países que son ricos como Japón?

Un micrófono puede ser una buena imagen de lo que es ser testigo: amplificar la voz de Dios y de los hombres.

Por ello, junto a la palabra “misioner@”, quiero poner al lado ésta otra, “testigo”. No es que la primera no valga, pero la segunda, a mi entender, hace más hincapié en la actitud de de fondo de salida. Además, creo que ayuda a bajar del pedestal en el que tantas veces se ha puesto a l@s misioner@s, ya que cada cual da testimonio “allí donde le toca”. Por otra parte, la palabra “misioner@”, según la imagen que he comentado antes, creo que quizá adolezca de un matiz mayor de reciprocidad, de encuentro, de compartir la vida con y de los otros. L@s misioner@s no sólo han de ser testigos de Dios sino que también han de serlo de lo que les rodea, utilizando todos los sentidos que puedan, para llenarse en especial de lo que hay en el corazón humano. Por último, me parece a mí que con la categoría “testigo” la dimensión económica queda más en un segundo plano, aunque siga siendo necesaria y más que deseable una comunicación de bienes (de lo contrario nuestro testimonio no será más que palabras huecas); pero habrá que ver el cómo de esa comunión de bienes para que ayude a las personas a crecer en su dignidad y no en la dependencia, y para que el dinero y lo meramente material no aparezca como el motivo para ser cristian@.

Ahora que ya no soy un niño sino un adulto, sigo diciendo que no quiero ser misionero, al menos como he explicado antes. Prefiero ser un testigo de mis sentidos, llenándome de Dios y de su obra entre los tongas.

Testigo en Zimbabue

 

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