El despertar de los sentidos

Hace dos semanas largas asistí por primera vez en Zimbabue a un entierro, en concreto, al de un compañero del IEME, Juanjo. Nada especial en lo que a la liturgia exequial se refiere: la celebración duró en torno a dos horas, cantando y bailando, como es lo habitual, y nos fuimos al cementerio. Es aquí donde experimenté algo que en España no me había sucedido, o al menos nunca con tanta fuerza.

Grupo de mujeres cantando y bailando durante el entierro.

Después de tener las últimas oraciones sobre el difunto se procedió a enterrar el cuerpo de Juanjo. Una vez en la fosa preparada a tal efecto, cada uno de los sacerdotes (bueno, quien quiso de ellos), cogió un puñadito de tierra y la echó al hoyo. Los que deseaban ir más allá de este pequeño gesto simbólico directamente usaron la pala. Y así, los hombres se fueron turnando para rellenar el foso mediante rítmicas paladas de lo que previamente habían sacado de las entrañas de la tierra. Yo fui uno de estos últimos. Alrededor, la gente mirando, cantando y bailando… todos los sentidos funcionando, mientras desaparecía de la vista el montón de tierra. Rodeados de una polvoreda como si una estampida de animales acabara de pasar por allí, acabamos con una capa de polvo por todo nuestro cuerpo.

Alguien que no estuviera allí podría pensar que esto no tiene nada de particular, pero esa manera de despedirnos de un difunto me hizo, primeramente, entrar en comunión más profunda con la tierra que piso todos los días: palparla con mis manos, trabajar con ella, olerla, comerla… En muchas ocasiones creo que hemos anestesiado nuestros sentidos, por los que percibimos todo, antes las realidades más elementales que nos rodean y de las que formamos parte. En este caso, la tierra, a la que tanto le debemos. La hermana madre tierra, a la que tanto le debemos. ¡Qué importante tomar conciencia de dónde viene uno, conciencia de dónde vive uno, conciencia de a dónde va uno! Inevitable que no vengan a mí estas palabras por muchos conocidas: ¡Eres polvo y en polvo te convertirás!

Grupo de hombres dando paladas en el entierro.

Pero no sólo fue un despertar de los sentidos hacia la tierra, sino también hacia el género humano. Sí, porque de un modo más que gráfico pude experimentar, mejor, profundizar en la pertenencia al género humano: “Uno de de los nuestros se va”, pensé para mí mientras echaba tierra sobre él. “Y en este caso además, cura”. Por lo que el sentimiento de pertenencia a un colectivo quedaba también reforzado. La solidaridad con la humanidad. ¡Qué difícil se nos hace en ocasiones esta comunión de vida con los demás en el día a día! Pero no hay otra.

¿Cómo servirnos de lo que aprehendemos diariamente con nuestros sentidos para entrar en mayor comunión con lo y los que nos rodean? Éste es un gran reto. Todos formamos parte de una misma realidad, la vida (con la muerte en sus entrañas), y ésta tiene el mismo destino para todos.

Testigo en Zimbabue

2 pensamientos en “El despertar de los sentidos

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