La cara de Dios

Ante unas palabras de Jesús que huelen a despedida (eso de que se va al Padre) surge la más que evidente inquietud, incomprensión y tristeza entre los discípulos. Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre” (Jn 14, 8). Todos los hombres en alguna ocasión hemos tenido esta sensación de orfandad, de quedarnos abandonados, sentirnos impotentes… ante un mundo donde en ocasiones parece que no existiera nada más que oscuridad, en un mundo donde parece que no haya lugar para la esperanza, en un mundo donde nos ahogamos tan fácilmente en nuestras pobrezas, miserias y pequeñeces… En esos momentos entonces, ver la cara de Dios, cual se ve una foto del ser amado, es experimentar su consuelo, su ternura, su quietud…

La cara de Dios… ¿Dónde encontrarla? ¿Cómo descubrir el rostro de Dios a nuestro alrededor?¿Dónde buscar a Dios en esta realidad a veces tan sin futuro?  ¿Qué rastros tenemos de Él en el pequeño mundo en el que cada cual vive? No es una pregunta fácil, sin duda alguna. La petición de Felipe se las trae, sin que lo pretendiera.

Pero no se las trae menos la respuesta que le da Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Eso te pasa por preguntar, Felipe. Resulta que aún no te has enterado de qué va la película. Pues mira, la película se resume en que para ver a Dios, que es invisible -o al menos eso nos han dicho-, hay que pasar por lo visible -y esto también no lo han dicho, pero se nos ha olvidado-. Es un poco de lo “De tal palo, tal astilla”. Veo una foto de la criatura y me doy cuenta de que es clavadito a su padre o a su madre.

El rostro de Cristo nos revela el rostro del Padre. Pasar de lo visible a lo invisible. Bajorrelieve en madera de uno de los confesionarios de la iglesia de Binga.

Y debajo, o más allá, de esta verdad antropológica que podemos constatar en la vida diaria, está una verdad teológica de primer orden (lo sé, me estoy poniendo estupendo), y es la siguiente: las personas somos retratos vivos del rostro de Dios. Es un rastro que Éste nos deja para que no nos olvidemos de Él, para que no empecemos a preocuparnos y entristecernos cuando parece que nada tiene sentido a nuestro alrededor.

Las personas. Con sus virtudes y defectos. Con sus esperanzas y frustraciones. Con sus logros y fracasos. Con sus sonrisas y llantos. Con sus palabras y silencios… Con todo lo bueno y lo malo que el corazón humano alberga; más de lo primero, que conste. Y ahí también estamos cada uno de nosotros. Yo también soy rostro y rastro de Dios para los demás.

He querido ser testigo y recoger algunos de estos rostros -casi a modo de galería fotográfica- que para mí son y quiero que sean rastros de Dios. Gente normal y corriente, como tú y como yo.

Testigo en Zimbabue

4 pensamientos en “La cara de Dios

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