Kulindila como actitud del corazón

Los cristianos acabamos de comenzar ese tiempo en el que rememoramos las venidas de Jesús. Sí, en plural: la primera, cuando vino y se hizo uno de nosotros; la segunda, última al final de la historia; y la tercera (o terceras), en el día a día. Por supuesto, estoy hablando del adviento, palabra que está relacionada con “venida”. Y decimos una y otra vez, a veces con la boca un poco pequeña: “¡Ven, Señor!” “¡No tardes, Señor!”…

Preacher, un joven de los centros a los que voy, sentado en su casa. El asiento puede ser un símbolo de pararse a contemplar la realidad, esperando llenarse de ella.

Como en tantas realidades en el cristianismo (Dios-hombre, vida-muerte, perdón-pecado…) la palabra “adviento” forma parte de una dualidad de palabras: adviento-espera. “Adviento” se relaciona con Dios, que es el que viene y toma la iniciativa, y “espera” con el hombre, que es el que pide su venida y lo acoge. Pues los tongas no tienen ese tiempo de la venida, sino el tiempo de la espera, el tiempo de “kulindila”. Es decir, se resalta, más que la parte que le corresponde a Dios, la parte del hombre, esto es, la espera.

Definitivamente esto me gusta porque creo que refleja muy bien la actitud vital de los tongas, es parte de su cultura, podríamos decir. En efecto, los tongas, valga como norma general, son gente que está mucho más abierta a la realidad, que la disfrutan con mayor sosiego. En mi retina tengo muchas imágenes de gente sentada, hablando, pasando el tiempo, esperando…(si bien es verdad que muchas veces es porque no tiene más opción: sin trabajo, sin ocupación…). Y estamos nosotros, los occidentales, que vamos siempre tan corriendo a todos lados, sin empaparnos y disfrutar de lo que nos rodea. Vamos como ansiosos y eso nos impide esperar nada de las personas ni de las cosas. Pero es que además me parece a mí que “kulindila”, la espera, es definitivamente algo que constituye al hombre. Estamos siempre incompletos, ansiosos de plenitud, de amor, de eternidad… eso es lo que nos hace estar siempre en búsqueda, en camino, como actitud vital (de lo contrario seremos zombis, estaremos muertos en vida).

Lo que importa pues es preguntarnos cuál es el nivel de apertura a la vida, a lo que nos rodea. Pero además mirar qué es lo que esperamos de la vida en general, qué es lo que nos mueve, qué actitud del corazón es la que prevalece en nosotros, en definitiva. Y para los que somos cristianos, ver si esa espera, esa kulindila que acabamos de comenzar se concreta en el Señor y su Reino o en qué. No sea que el tiempo de espera exterior haya llegado ya, pero no así el del interior, el del corazón.

Testigo en Zimbabue

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