En el barro de la vida, la comunidad

Ahora estamos en la estación de lluvias en Zimbabue. Hace unos días pasé el fin de semana en Nagangala sustituyendo a Kolwani, el cura local que se encarga de esa parte de la misión y que ahora está de vacaciones. Era domingo por la mañana y en el desayuno Preacher, uno de los jóvenes de Nagangala, y yo estuvimos hablando de si ir o no Kalonga, y finalmente decidimos ir hasta un punto con el coche y luego ir andando tres kilómetros.

El caso es que acabamos la misa en Nagangala y nos fuimos para Kalonga, junto a Tamani y Never, otros dos cristianos de esa zona. En el camino, por estas cosas que no sabe uno por qué o por qué no, al final nos arriesgamos a intentar llegar con el coche. Habíamos atravesado varias zonas con mucho barro, patinando el coche… pero lo habíamos logrado gracias al cuatro por cuatro del coche. Estábamos a menos de un kilómetro y ante nuestros ojos aparece otro tramo más de barro, aparentemente no peor que los anteriores, incluso más fácil de cruzar. Y para allá seguimos en nuestro intento de superar todas las dificultades del camino. Pero hete aquí que, o bien por ser uno principiante en esto de conducir por barro (aunque ya he visto yo que a mis compañeros veteranos les sigue pasando), o bien porque tenía que pasar, nos quedamos atascados.

Aquí veis a Preacher, sonriente, y a Never, de espaldas, intentando ayudar a servidor, dentro del coche. La foto la tomó Tamani.

¡Menos mal que iba con gente! Me pasa a mí solo y aún estoy allí viendo qué hacer. En medio del agua y del barro, ni para adelante ni para atrás, ni con ramas ni con piedras ni empujando ni rezando. La furgoneta no se movía. Al cabo de una hora y después de que vinieran parte de la comunidad de Kalonga ayudarnos salimos del atolladero. Cuando llegamos a Kalonga, la gente nos recibió con una gran sonrisa, alegres… y se tuvo la misa como si nada hubiera pasado. Son cosas de la vida en África. El tiempo es gratis y primero va el uno y luego el dos, así de simple.

Al terminar la misa algunos miembros de la comunidad, sobre todo los más jóvenes, aprovecharon para darse una vuelta en el coche de la misión, y así iniciamos nuestro viaje de vuelta, que, por cierto, fue igual de accidentado que el de ida (por si alguien había pensado que ya se había terminado esta peripecia de viaje). Habíamos decidimos tomar otro camino alternativo para evitar algunas zonas de barro. Patinando, patinando, logré parar el coche al borde de un pequeño río. Con la ayuda nuevamente de Never, Preacher, Tamani y la gente que iba en la furgoneta, logramos salir airosos. Tomamos, pues , otro segundo camino, diferente del de ida y de este último. Lo mismo: ni cuatro por cuatro ni gaitas. Otra vez el barro fue el protagonista. Pero más protagonistas fueron la gente que sacaron la furgoneta por tercera vez. “Padre, vamos a probar este otro camino”. Éste ya era el cuarto, y afortunadamente, el definitivo, el que nos permitió llegar a Nagangala, cansados (unos más que otros), pero sanos y salvos. Allí pudieron lavarse mínimamente y comimos lo mejor que pudimos; era lo mínimo que podía hacer por ellos.

Ahora bien, de toda esta experiencia destaco el esfuerzo y trabajo que hicieron todos. Ninguna mala cara ni mal humor mientras estuvieron trabajando en el barro. Yo, he de confesar, que me sentía un poco impotente e inútil: dentro del coche, poniendo primera, marcha atrás, poniendo las ruedas para un lado o para otro… mientras ellos estaban currando una barbaridad.

¡Tantas veces nuestra vida se encuentra cubierta de barro por el que tenemos que pasar!

Esta peripecia de viaje es una imagen de la vida. ¡En tantas ocasiones estamos embarrados, atascados en nuestras propias miserias y problemas! Sin saber cómo hacer ni cómo salir de ese barro de la vida. Y son los otros, los demás, la gente, la comunidad, los que nos ayudan a salir de esa situación. Los que nos ayudan a recordar, una vez más, que merece la pena creer en la gente (aunque a veces puedan decepcionarnos). Y los que, al final, dan sentido a la vida de cada uno, o al menos en mi caso, y también, sin riesgo a equivocarme, a la vida de toda persona y cristiano.

Aquí tenéis el grupo de jóvenes que nos acompañaron un tramo del camino a la vuelta de Kalonga. La gente, la comunidad… da vida

Testigo en Zimbabue

Y para quien prefiera escuchar el post en lugar de leerlo, aquí os dejo el enlace a mi perfil de Facebook: https://www.facebook.com/leoperilla

2 pensamientos en “En el barro de la vida, la comunidad

  1. Es bonito saber que hay buena gente en todos los rincones del mundo, siempre dispuesta a ayudar a quien esta en un aprieto. Si yo me quedo tirada con el coche en una zona embarrada….me da un jamacuco. Da gusto saber de tus andanzas por Africa.

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  2. Son un claro ejemplo de que se puede ser feliz con muy poco. Quizá solamente con ayudar a los demás cuando surja ocasión. Me ha encantado lo de que “el tiempo es gratis”, que liberación sería en el mundo en el que vivimos (nosotros, no ellos).

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