La misión es cuestión de CAFE

Estando en mis primeras vacaciones en España he tenido la suerte de pasar unos días en Misión Emmanuel, una casa de acogida para inmigrantes en Tres Cantos, Madrid. Aquí he compartido vida, fe, tiempo, risas, preocupaciones, ilusiones, decepciones, proyectos… con Dani, Lola, sus cinco hijos y otros “hijos adoptivos” procedentes de Camerún y de Nigeria.

Para Dani y Lola, Misión Emmanuel es un proyecto que nace de su experiencia de fe, que se sostiene en Dios y que apunta, en definitiva, más allá de lo que nuestros sentidos pueden captar tejas abajo. ¿Cómo ser un rostro amigo para aquel que cubre miles de kilómetros, arriesgando su vida, hasta llegar a Occidente? ¿Cómo ser capaces de acompañar personas y procesos que necesitan tiempo? ¿Cómo exigir a la vez que ser condescendientes cuando, en ocasiones, más que un encuentro hay un encontronazo cultural? Y así podríamos hacernos muchas preguntas.

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Parte del grupo de inmigrantes de Misión Emmanuel, junto a Dani, uno de sus responsables. ¿Cómo hacer de Misión Emmanuel un espacio de amistad donde compartir vida?

Misión Emmanuel es un gran desafío para los creyentes y no puedo por menos que recordar cuál es la misión que yo también tengo en Zimbabue. Da igual que sea en España, Zimbabue, Japón o Indonesia, la misión tiene unas claves que son irrenunciables, lo cual no quita que, según las circunstancias, se potencien más unos aspectos u otros. Me gustaría señalar lo que para mí son fundamentos de la misión eclesial, independientemente de dónde se den. Por supuesto, no es un elenco a nivel teológico, incluso puede que no sean los más importantes o que falten otros de más envergadura; solamente se trata de algunas intuiciones de las que estoy cada vez más convencido a nivel vital. Estas claves se pueden resumir diciendo que la misión es cuestión de CAFE. Sí, tan “fácil” como eso, CAFE.

La misión es cuestión de CAFE. C de COMUNIDAD

Comentaba hace poco Lola en el blog http://www.abrazaafrica.com que “la comunidad es la forma en que los cristianos hacen presente y vivo a Jesús resucitado”. Y es verdad, sin comunidad, sin Iglesia, no hay fe. La fe ha de ser en comunidad o no es, o le falta una pata demasiado importante. Y así, hablando con Dani y Lola, veíamos la importancia de que Misión Emmanuel fuera un proyecto comunitario; que no basta sólo con que una familia cristiana, o la institución que sea, quieran acoger, sino que ha de ser toda la comunidad eclesial, o al menos un grupo significativo, la que haga suyo esta misión.

Y la misma perspectiva he percibido yo al venir de vacaciones a España: mi trabajo en Zimbabue es, básicamente, algo “mío”: mis negritos, mis trabajos, mis proyectos… Muchos cristianos no sienten suya la misión, sino que ésta recae en alguien que es más o menos ajeno a la diócesis, porque no está trabajando físicamente en Salamanca. O, en cualquiera de los casos, hay alguien que está en no sé qué parte del mundo que ya se encarga. Pero así nos pasa siempre con otras muchas cosas: alguien será quien apoye la asociación del barrio, quien se implique en política, quien se encargue de denunciar esta injustica… Siempre hay alguien que lo hará. Éste es nuestro problema, que no queremos que los problemas de los demás nos toquen; cada cual que se saque las castañas del fuego.

Pero somos comunidad, somos Iglesia, y da igual que sean laicos, obispos, monjes o Perico el de los palotes. Todos, como comunidad, somos responsables de qué se hace con los inmigrantes en nuestro país o de qué manera se implican las diócesis de origen, como Salamanca, y de destino, la de Hwange donde estoy, a la hora de ser testigo del Señor en Zimbabue.

La misión es cuestión de CAFE. A de ACOGIDA

En Misión Emmanuel, con todas las limitaciones que pueda tener, como toda organización humana, hay algo que se cuida mucho, la acogida, el sentirse en familia, el tener las puertas abiertas para recibir al que sea, independientemente de lo que busque. Tiempo habrá de discernir, de valorar, de ver cómo hacer camino. Ésta es una de las cualidades de las que pueden disfrutar los inmigrantes que están allí viviendo. Se les acoge con todo lo que son, con sus proyectos e ilusiones, así como con sus frustraciones y tristezas… Se valora sus personas, se les exige, se les confronta… Se trata de hacer una “familia”, una casa común y no un centro sin más que sólo cubre necesidades materiales.

Lo mismo sucede con la misión entre los tongas (o los que sean). Estamos llamados a acogerles en todo lo que son, con sus grandezas y miserias como personas. Esto ha de ser la misión, un lugar de acogida, de oferta gratuita de amistad, de fraternidad, de fe, hasta donde uno sea capaz o Dios le dé a entender, sabiendo que no podemos esperar que nos devuelvan de la misma manera, incluso sabiendo que no nos devolverán nada en otras ocasiones…

Creo que menudo nuestra Iglesia se ha olvidado de esta gran tarea que es la acogida, es decir, la de tender puentes, la de crear espacios de entrada y salida libres para todo el mundo, sin exigir, sino simplemente dar calor y mostrar la cercanía que hemos de tener por todo lo que sea humano. No sé, a modo de ejemplo, y salvando las honrosas excepciones que también las hay, estoy pensando en el Camino de Santiago y las oportunidades que pierde la Iglesia por no ofrecer una acogida cristiana a lo largo de este itinerario. Y lo mismo que digo de la Iglesia se puede decir de la sociedad occidental en la que vivimos: si no acoge al diferente, al extranjero, al pobre… crea rechazo o, casi lo que es peor, indiferencia. Y surgen la exclusión, los guetos, los corazones heridos, la sed de venganza…; en fin, lo que ya sabemos.

Uno de los residentes de Misión Emmanuel con la hija pequeña de Dani y Lola. Está claro que la acogida mutua es una de las claves para la convivencia.

La misión es cuestión de CAFE. F de FRESCURA

Una fe las cosas que ha de caracterizar al Evangelio y su puesta en práctica es la frescura, es decir, que huela a novedoso, a diferente… El amor ha de ser siempre creativo y nuevo. Y creo, sinceramente, que Misión Emmanuel rezuma frescura evangélica, en tanto que en su manera de acoger al inmigrante está muy presente el estilo de Jesús, desde la cordialidad y cercanía, y no tanto, aunque sean también necesarios, los programas y la planificación.

También ha de ser así la misión, creo yo. Hemos de ser testigos de que otra manera de entender el mundo y las relaciones es posible. Es el escándalo de romper barreras y esquemas ya hechos en la pastoral; es el ir más allá y adentrarnos en terrenos que no conocemos, aunque fracasemos; es el ofrecer signos proféticos, aunque pequeños y torpes en muchas ocasiones, que muestren otra Iglesia y otra sociedad.

Muy a menudo pensamos que sólo podemos cambiar al mundo con grandes presupuestos y grandes acciones. Y obviamente, el dinero es necesario y son precisas políticas sociales y económicas de gran alcance… Sería iluso pensar lo contrario. Pero se nos olvida que para cambiar un mundo globalizado tenemos que empezar por nuestro entorno más cercano y actuar localmente. Aquí es donde entran esos gestos que están al alcance de todos los que soñamos un mundo más justo y fraterno para todos. Una sonrisa en un mundo donde todo se compra y se vende; un tiempo para escuchar a los demás en una sociedad donde vamos tan corriendo siempre; un sentarme a la mesa con alguien que piensa diferente que yo, para intercambiar un diálogo y corazones, buscar la verdad y ponernos en la piel del otro en un mundo donde el colectivismo reina por doquier… Me parece a mí que estos son sencillos gestos, signos frescos que están casi por estrenar y que nos ayudarían mucho a la hora de transformar nuestro mundo y ser misioneros allí donde nos encontremos.

 

La misión es cuestión de CAFE. E de ESTAR

Muy de la mano de la acogida va el estar. Los días que pasé en Misión Emmanuel fueron mucho de estar, solamente estar, por si acaso surge el diálogo, la ocasión, el encuentro, la sonrisa…Velando por que todo vaya bien o, al menos, lo mejor posible. El hacer también estaba ahí, pero ocupaba menos tiempo; y si se trataba de hacer, siempre con ellos, con los emigrantes, nunca para ellos. O juntos, o nada.

Y lo mismo sucede cuando uno está en un país “típicamente de misión”, como Zimbabue; te das cuenta de la importancia del estar, del estar, del estar… A veces desde la impotencia por no poder cambiar las cosas, o por no conocer bien su cultura y las puertas de acceso a esos corazones… Y desarrollas la paciencia, la sonrisa, el estar callado, el hacer camino aunque te sientas inútil o no veas por dónde tiene que ir la cosa… pero estar.

Y creo que en nuestra Iglesia de Occidente y en nuestra cultura, tan llena de realidades que van y vienen, nos falta mucho de estar. Siempre pendientes de programas, acciones, eficacia… del hacer, en definitiva -que es necesario, ojo-, y hacer para, sin implicar a los demás, a veces, a cualquier precio o/y de cualquier manera, cuando a lo mejor tenemos que pararnos más, esperar, acompañar, crear lazos… No sé, se me ocurre.

En fin, yo lo tengo claro, otra cosa es que lo logre o no, pero para mí la misión es cuestión de CAFE.

3 pensamientos en “La misión es cuestión de CAFE

  1. Muy bonito Padre Leo, por el escrito a Misión Emmanuel. Es tan auténtico y relata tu propia experiencia como acogido en esa Casa. Fue un placer conocerte y voy a seguir tu camino a través de los medios y de Dani y Lola. Que Dios te bendiga. Te envío cuatro abrazos, que son los que hay que darse/día para recibir buena energia

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  2. Pingback: ACOGIDO ENTRE INMIGRANTES – Una ONG: Tres Proyectos

  3. Gracias por compartir esta experiencia de forma tan ordenada y clara. Este post recoge muchos puntos que se me plantean a diario, y yo no habría sabido expresarlos mejor. Desde luego que el amor debe ser inventivo hasta el infinito (soy vicenciana y eso me ha encantado 😉 ) Gracias Daniel Almagro por compartirlo.

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