Mipululu o el ulular vital

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, “ulular” significa “dar gritos o alaridos”. Esta definición, aunque es técnicamente correcta, se me antoja un poco pobre, con todos los respetos a los señores que forman dicha institución. Lo digo porque le falta un matiz que le viene dado por los sentimientos. Mirad, en algunas culturas, entre ellas muchísimas africanas, las mujeres tienen la costumbre de ulular en momentos especiales, ya sean de dolor como un funeral, o de alegría, como en concreto hacen los tongas. Por ejemplo, en una boda, en la bienvenida a alguien, o cantando un himno de alabanza en una celebración.

Buscando en internet, he encontrado mejor descrito lo que yo quería expresar. “Ulular” es un sonido vocal agudo, largo, vacilante, parecido a un aullido o un gorjeo. Se produce por la emisión de una voz aguda acompañada con un movimiento rápido de lado a lado o hacia detrás y delante de la lengua de la boca. Añado yo, a veces se acompaña este sonido con una o las dos manos, algo similar a como cuando éramos niños y jugábamos a imitar a los indios.

El típico movimiento de la lengua de un lado para el otro cuando una mujer ulula.

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A Jesús le gusta jugar al fútbol

Recién llegado a la nueva misión de Kariyangwe, había pensado en salir a dar una vuelta y visitar el colegio y el hospital, por eso de dejarme ver, encontrarme con la gente, conocer a unos y otros… Vamos, lo que podemos llamar “patear el terreno”, algo que solía hacer con mi amigo Poli cuando estuvimos en la sierra de Francia durante tres años. El objetivo era -y es- conocer, pasar el rato, pasear, estar con la gente, hacerse el encontradizo, o directamente ir a visitar a alguien. Y así, en la medida de lo posible mostrar un rostro de Dios cercano, amable, al tiempo que uno recuerda que hay que esforzarse por descubrirle a Él, a Dios mismo, en los acontecimientos de cada día.

Primeramente, fui al colegio, que depende de la misión. Habían vuelto
de las vacaciones y la mayoría de los niños no me conocían. Ya habían acabado las clases y aún estaban comiendo algunos. ¡Qué sensación más rara ser el centro de atención de tantos niños! “Mukwua, mukwua!” Así decían entre ellos cuando me veían pasar, pensando que no les entendía. “¡Un blanco, un blanco!” Yo les saludaba en tonga y les hacía alguna pregunta para establecer un contacto mínimo. O les decía: “¡Choca esos cinco!”. Les gastaba alguna broma. Y siempre sonriendo, porque creo que la sonrisa es signo de Dios, rompe el hielo entre las personas, acoge al otro y, bueno, sirve también para compensar mis torpes palabras en tonga. Algunos niños me seguían, otros se reían, incluso alguno sentía miedo. Otros, simplemente me miraban, como si fuera lo nunca visto. Es verdad que otros me llamaban “Father!”, “¡Padre!”, porque me habían visto en la misión y en la iglesia, y me conocían, pero eran los menos.

Mwembe y Junior, dos niños del colegio a los que les estuve y me estuvieron saludando esa tarde.

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