Las grietas por donde entra la luz

No sé si es porque soy occidental y es mi forma de ver las cosas, o porque a veces uno es demasiado negativo y/o egoísta y no ve más allá de sus narices, o porque simplemente es el corazón humano y funcionamos como funcionamos… pero el caso es que nos quejamos siempre de todos y de todo. Parece que el mundo nunca ha ido peor que ahora, que hay guerras por doquier, que la corrupción campa a sus anchas en muchos políticos, que hay más paro que nunca, que hay una lista de espera en la sanidad de más de un año, que los índices de pobreza aumentan cada día… Vamos que es mejor no vivir en este mundo porque es casi la antesala del apocalipsis.

Pues todo eso que en más de una ocasión pensamos, sobre todo cuando nos vamos haciendo mayores (esto es un mal síntoma, os lo digo), se puede encontrar en Zimbabue elevado a la enésima potencia. Un 90% de la población en paro, más o menos. La mayor parte de la gente come una vez al día, y siempre lo mismo. Los sueldos a funcionarios se van básicamente a la policía y al ejército. Aquí, sí que la corrupción ha hecho de su capa un sayo en las instituciones públicas; muy difícil encontrar alguna que esté limpia del todo. El hospital de Binga, donde yo vivo, y que es un hospital de distrito, a veces manda a los pacientes a por paracetamol a la misión porque no tienen en el hospital. En el 2010 fue el país con el índice de desarrollo más bajo del mundo. Se calcula que unos tres millones de personas, a ojímetro (porque lo de las cifras aquí…), han emigrado a otros países, porque aquí sí que el futuro es, no gris, sino negro, negro, negro.

En medio de la desesperanza está Raphael Denzel.

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