Soñando con los ojos abiertos

Dentro de poco se van a cumplir dos años desde que llegué a Zimbabue. Parece que fue ayer y sin embargo dos años son mucho tiempo cuando uno inicia una experiencia como la mía de intentar ser testigo del Evangelio en una cultura totalmente diferente a la tuya,  y ser testigo también con mis sentidos del paso de Dios por estas latitudes. Dos años dan para mucho. Justo ahora es cuando voy a tener vacaciones y creo que es bueno aprovechar este “tiempo de descanso” para hacer un balance sobre el sueño que tenía antes de venir y lo que queda de él.

Entre el primer Leo, al poco de llegar a Binga, y el segundo Leo, hace un mes largo, han pasado casi dos años. Hay muchas cosas en común, al menos en lo exterior, pero ¿siguen igual la mente y el corazón?

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No quiero ser misionero 

De pequeño nunca quise ser misionero, pero sí que admiraba mucho a l@s misioner@s. Personas que habían dejado su país, su gente, su familia… y vivían en las misiones, unos lugares por ahí en los confines del mundo (véase la selva, unas montañas perdidas…), ayudando a los más pobres, enseñándoles, curándoles y predicando la Palabra de Dios, porque nunca la habían escuchado antes. Eran unos héroes, gente de otra pasta, de una fidelidad y virtud más que probadas… Habían recibido de Dios una llamada especial y había que rezar por ellos, y en la campaña del DOMUND ayudarles con dinero para los niños pobres. Con el tiempo vi en ese concepto de misioner@ y de misiones que había algo que no me gustaba demasiado. Y esto por varias razones.

Ser testigo es pisar y compartir la misma tierra.

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