Yo no quiero morir así 

Se llamaba Bathwrong. Sí, sí, como suena. Literalmente “baño incorrecto o equivocado”. No sé qué pasaría en torno a su nacimiento para que sus padres le pusieran ese nombre; o quizá fue un error por parte de la persona encargada de registro: “¿bathroom?” “¿Cuarto de baño?” En cualquiera de los casos no importa ahora.

Bathwrong tenía 12 años y lo conocí casi de casualidad en el hospital, mientras visitaba los pabellones. Como por desgracia pude comprobar después, me pareció un chico con VIH: muy delgado, extremadamente delgado, poca masa muscular, sin fuerza, ojos cansados… allí tumbado en la cama. Me acerqué a la cama unos segundos y le saludé tímidamente, sonriéndonos mutuamente. Ése fue mi único contacto con él.

Cama del hospital en la que conocí a Bathwrong.

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El despertar de los sentidos

Hace dos semanas largas asistí por primera vez en Zimbabue a un entierro, en concreto, al de un compañero del IEME, Juanjo. Nada especial en lo que a la liturgia exequial se refiere: la celebración duró en torno a dos horas, cantando y bailando, como es lo habitual, y nos fuimos al cementerio. Es aquí donde experimenté algo que en España no me había sucedido, o al menos nunca con tanta fuerza.

Grupo de mujeres cantando y bailando durante el entierro.

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