Mipululu o el ulular vital

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, “ulular” significa “dar gritos o alaridos”. Esta definición, aunque es técnicamente correcta, se me antoja un poco pobre, con todos los respetos a los señores que forman dicha institución. Lo digo porque le falta un matiz que le viene dado por los sentimientos. Mirad, en algunas culturas, entre ellas muchísimas africanas, las mujeres tienen la costumbre de ulular en momentos especiales, ya sean de dolor como un funeral, o de alegría, como en concreto hacen los tongas. Por ejemplo, en una boda, en la bienvenida a alguien, o cantando un himno de alabanza en una celebración.

Buscando en internet, he encontrado mejor descrito lo que yo quería expresar. “Ulular” es un sonido vocal agudo, largo, vacilante, parecido a un aullido o un gorjeo. Se produce por la emisión de una voz aguda acompañada con un movimiento rápido de lado a lado o hacia detrás y delante de la lengua de la boca. Añado yo, a veces se acompaña este sonido con una o las dos manos, algo similar a como cuando éramos niños y jugábamos a imitar a los indios.

El típico movimiento de la lengua de un lado para el otro cuando una mujer ulula.

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Yo no quiero morir así 

Se llamaba Bathwrong. Sí, sí, como suena. Literalmente “baño incorrecto o equivocado”. No sé qué pasaría en torno a su nacimiento para que sus padres le pusieran ese nombre; o quizá fue un error por parte de la persona encargada de registro: “¿bathroom?” “¿Cuarto de baño?” En cualquiera de los casos no importa ahora.

Bathwrong tenía 12 años y lo conocí casi de casualidad en el hospital, mientras visitaba los pabellones. Como por desgracia pude comprobar después, me pareció un chico con VIH: muy delgado, extremadamente delgado, poca masa muscular, sin fuerza, ojos cansados… allí tumbado en la cama. Me acerqué a la cama unos segundos y le saludé tímidamente, sonriéndonos mutuamente. Ése fue mi único contacto con él.

Cama del hospital en la que conocí a Bathwrong.

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Soñando con los ojos abiertos

Dentro de poco se van a cumplir dos años desde que llegué a Zimbabue. Parece que fue ayer y sin embargo dos años son mucho tiempo cuando uno inicia una experiencia como la mía de intentar ser testigo del Evangelio en una cultura totalmente diferente a la tuya,  y ser testigo también con mis sentidos del paso de Dios por estas latitudes. Dos años dan para mucho. Justo ahora es cuando voy a tener vacaciones y creo que es bueno aprovechar este “tiempo de descanso” para hacer un balance sobre el sueño que tenía antes de venir y lo que queda de él.

Entre el primer Leo, al poco de llegar a Binga, y el segundo Leo, hace un mes largo, han pasado casi dos años. Hay muchas cosas en común, al menos en lo exterior, pero ¿siguen igual la mente y el corazón?

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Menos palabras que empiecen por “bu”

Siempre he pensado que las misas que se celebran con niños, en concreto las homilías, y en general toda comunicación con los niños, son muchísimo más difíciles que las misas con los adultos. ¿Por qué? Porque su nivel de abstracción es muy reducido y hay que hacer un esfuerzo grande para adaptarse uno a su nivel de comprensión. Los adultos estamos habituados a utilizar muchas palabras abstractas que un niño, a menudo, no entiende. Necesita ejemplos concretos, imágenes, historias que expliquen o ilustren lo que se quiere decir. De lo contrario, los niños no se enterarán.Pero lo curioso de esto es que a menudo a los mayores nos pasa lo mismo: se nos quedan la imagen o el ejemplo concretos; y es lo que recordamos y lo que nos sirve para entender y vivir en el futuro. ¿Por qué? Porque al final, se trata de entroncar el Evangelio con la vida, o la vida con el Evangelio, como se quiera. Gran problema que tenemos en Occidente.

Ésta es la comunidad de Bulawayo Kraal. Del mismo modo que el “refugio” que utilizamos para celebrar la misa, que es muy sencillo, así es son os cristianos con los que comparto la misa.

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África, escuela de humildad

Hace poco he estado visitando parte de la zona tonga de Zambia, en concreto algunos sitios que están al lado de los pasos fronterizos de Chirundu y Kariba y he aprovechado también para conocer la presa del lago Kariba, una obra de ingeniería digna de admirar, en cuyo final del reculaje, más o menos, se sitúa Binga, donde ya sabéis que vivo.

Estuve alojado en la misión de Lusitu, donde, vive Silvia, una milanesa amiga mía con quien coincidí en Irlanda cuando estábamos estudiando inglés para venirnos a estas tierras. Me había invitado varias veces y, por fin, encontré el momento. Por supuesto, han sido días de descanso, de disfrutar comida italiana casera y de compartir nuestra experiencia como testigos en tierras africanas.

Por supuesto, no es lo mismo Zambia que Zimbabue, aunque en ambos países haya tongas. No es lo mismo la perspectiva de una mujer que la de un hombre; eso sí, ambas necesarias y complementarias. No es lo mismo una laica que un cura, entre otras cosas por su diferente formación y posición en la Iglesia. Tampoco es lo mismo las visiones sobre la Iglesia o la pastoral de una laica y de un cura, a menudo más prácticas las primeras que las segundas. Y no es lo mismo muchas cosas que nos diferencian sobre todo a niveles más externos.

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Los niños de teta y Pablo Ráez: mamar la solidaridad

Una de las escenas que más pueden sorprender a los occidentales cuando llegan a muchos puntos de África, es la siguiente: estábamos en misa y me fijé en una madre y su bebé recién nacido de unas semanas. A diferencia de España, en donde dar de mamar en público es casi un tabú (aunque, por otra parte, nadie critique ver mujeres en pose sensual o desnudas en la publicidad), aquí en África, al menos en las zonas rurales, es lo más natural. Teta a la demanda, y se acabó. El bebé tenía ganas de comer, la madre sacó el pecho, el niño comió, se quedó tranquilo y santas Pascuas. Nadie se hizo problema.

Que las madres den de mamar a su bebé en público es algo de lo más natural y que nadie cuestiona.

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El sentido de un viaje y el sentido de la vida

Hace poco fui por primera vez con mi compañero Kolwani a Chuunga, uno de los centros más alejados de la misión. Se tardan, en condiciones normales, unas cuatro horas en coche, no por porque haya muchos kilómetros -¿qué pueden ser, unos 150 como mucho?-, sino por el estado de la “carretera”.

Inicio del camino, cuando aún es bueno, que va a Chuunga. Un camino puede verse como símbolo del viaje que es la vida. Ahora bien, importa mucho dar un sentido a ese camino, a ese viaje que es la vida.

 

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En el barro de la vida, la comunidad

Ahora estamos en la estación de lluvias en Zimbabue. Hace unos días pasé el fin de semana en Nagangala sustituyendo a Kolwani, el cura local que se encarga de esa parte de la misión y que ahora está de vacaciones. Era domingo por la mañana y en el desayuno Preacher, uno de los jóvenes de Nagangala, y yo estuvimos hablando de si ir o no Kalonga, y finalmente decidimos ir hasta un punto con el coche y luego ir andando tres kilómetros.

El caso es que acabamos la misa en Nagangala y nos fuimos para Kalonga, junto a Tamani y Never, otros dos cristianos de esa zona. En el camino, por estas cosas que no sabe uno por qué o por qué no, al final nos arriesgamos a intentar llegar con el coche. Habíamos atravesado varias zonas con mucho barro, patinando el coche… pero lo habíamos logrado gracias al cuatro por cuatro del coche. Estábamos a menos de un kilómetro y ante nuestros ojos aparece otro tramo más de barro, aparentemente no peor que los anteriores, incluso más fácil de cruzar. Y para allá seguimos en nuestro intento de superar todas las dificultades del camino. Pero hete aquí que, o bien por ser uno principiante en esto de conducir por barro (aunque ya he visto yo que a mis compañeros veteranos les sigue pasando), o bien porque tenía que pasar, nos quedamos atascados.

Aquí veis a Preacher, sonriente, y a Never, de espaldas, intentando ayudar a servidor, dentro del coche. La foto la tomó Tamani.

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Navidad de café, copa y puro

Café, copa y puro. Así recuerdo yo, años atrás, que ponía en el anuncio de muchos menús, dando a entender que al menú no le faltaba nada, al y menos nada de lo que uno pudiera esperar por entonces (no sé si ahora lo del puro sería políticamente correcto). Y así podría tildar la Nochebuena y, por extensión, cualquier celebración religiosa en condiciones de una comunidad cristiana en el ámbito rural de los tongas.

Como buena Nochebuena, valga la redundancia, hay una misa del gallo. Ésta es en la capilla de Manjolo 1 y allí acuden los cristianos de diferentes centros, andando varios kilómetros (por si alguien lo duda, andar es parte de la dinámica africana, aunque sea por necesidad). Hace calor, más bien bochorno, y amenaza lluvia, pero al final nos libramos.

Iglesia de Manjolo 1, donde celebré la pasada Nochebuena.

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Navidad en carne propia

Navidad. Del latín “Nativitas”, nacimiento. Cuando en estos días decimos “Feliz Navidad” estamos diciendo “Feliz nacimiento”. ¿De qué o de quién? En este caso, de Jesús, Hijo de Dios. Al menos, así lo creemos los cristianos. Sí, creemos que Dios se hizo un hombre como nosotros, experimentando y compartiendo nuestra vida.

Ya os hablé de Raphael Denzel, ahora ya con unas semanas más. Sin duda alguna, podría ser un Jesusito de los que ponemos en Navidad en nuestras casas, pero para mí, este bebé es también un recuerdo de lo que supone nacer y empezar a vivir de cero.

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