Mipululu o el ulular vital

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, “ulular” significa “dar gritos o alaridos”. Esta definición, aunque es técnicamente correcta, se me antoja un poco pobre, con todos los respetos a los señores que forman dicha institución. Lo digo porque le falta un matiz que le viene dado por los sentimientos. Mirad, en algunas culturas, entre ellas muchísimas africanas, las mujeres tienen la costumbre de ulular en momentos especiales, ya sean de dolor como un funeral, o de alegría, como en concreto hacen los tongas. Por ejemplo, en una boda, en la bienvenida a alguien, o cantando un himno de alabanza en una celebración.

Buscando en internet, he encontrado mejor descrito lo que yo quería expresar. “Ulular” es un sonido vocal agudo, largo, vacilante, parecido a un aullido o un gorjeo. Se produce por la emisión de una voz aguda acompañada con un movimiento rápido de lado a lado o hacia detrás y delante de la lengua de la boca. Añado yo, a veces se acompaña este sonido con una o las dos manos, algo similar a como cuando éramos niños y jugábamos a imitar a los indios.

El típico movimiento de la lengua de un lado para el otro cuando una mujer ulula.

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Yo no quiero morir así 

Se llamaba Bathwrong. Sí, sí, como suena. Literalmente “baño incorrecto o equivocado”. No sé qué pasaría en torno a su nacimiento para que sus padres le pusieran ese nombre; o quizá fue un error por parte de la persona encargada de registro: “¿bathroom?” “¿Cuarto de baño?” En cualquiera de los casos no importa ahora.

Bathwrong tenía 12 años y lo conocí casi de casualidad en el hospital, mientras visitaba los pabellones. Como por desgracia pude comprobar después, me pareció un chico con VIH: muy delgado, extremadamente delgado, poca masa muscular, sin fuerza, ojos cansados… allí tumbado en la cama. Me acerqué a la cama unos segundos y le saludé tímidamente, sonriéndonos mutuamente. Ése fue mi único contacto con él.

Cama del hospital en la que conocí a Bathwrong.

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A Jesús le gusta jugar al fútbol

Recién llegado a la nueva misión de Kariyangwe, había pensado en salir a dar una vuelta y visitar el colegio y el hospital, por eso de dejarme ver, encontrarme con la gente, conocer a unos y otros… Vamos, lo que podemos llamar “patear el terreno”, algo que solía hacer con mi amigo Poli cuando estuvimos en la sierra de Francia durante tres años. El objetivo era -y es- conocer, pasar el rato, pasear, estar con la gente, hacerse el encontradizo, o directamente ir a visitar a alguien. Y así, en la medida de lo posible mostrar un rostro de Dios cercano, amable, al tiempo que uno recuerda que hay que esforzarse por descubrirle a Él, a Dios mismo, en los acontecimientos de cada día.

Primeramente, fui al colegio, que depende de la misión. Habían vuelto
de las vacaciones y la mayoría de los niños no me conocían. Ya habían acabado las clases y aún estaban comiendo algunos. ¡Qué sensación más rara ser el centro de atención de tantos niños! “Mukwua, mukwua!” Así decían entre ellos cuando me veían pasar, pensando que no les entendía. “¡Un blanco, un blanco!” Yo les saludaba en tonga y les hacía alguna pregunta para establecer un contacto mínimo. O les decía: “¡Choca esos cinco!”. Les gastaba alguna broma. Y siempre sonriendo, porque creo que la sonrisa es signo de Dios, rompe el hielo entre las personas, acoge al otro y, bueno, sirve también para compensar mis torpes palabras en tonga. Algunos niños me seguían, otros se reían, incluso alguno sentía miedo. Otros, simplemente me miraban, como si fuera lo nunca visto. Es verdad que otros me llamaban “Father!”, “¡Padre!”, porque me habían visto en la misión y en la iglesia, y me conocían, pero eran los menos.

Mwembe y Junior, dos niños del colegio a los que les estuve y me estuvieron saludando esa tarde.

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Un viaje en el espacio y en el tiempo

Hace una semana larga que he vuelto a Zimbabue después de las vacaciones en España. ¡Qué bueno y qué sabio es desconectar y ver la realidad con perspectiva! Para valorar todo con mayor precisión y objetividad, dentro de lo que la capacidad humana permite. Sí, valorar tanto mi cultura, mi Iglesia… como las de Zimbabue. Desde luego estos dos años me han servido para apreciar más mis raíces y todo lo que he recibido en Salamanca -con todas las deficiencias de mi cultura de origen, ¡ojo!-, sin duda alguna. Pero también me doy cuenta de los aspectos positivos y limitaciones que ofrece la vida entre los tongas.

Como decía… Después de hacer esta valoración en España, habiendo tomado una sana distancia de Zimbabue y acomodado nuevamente al ritmo español, me vuelvo para acá. Y otra vez hacer maletas, las despedidas y las palabras de mi madre, mi familia y amigos que he escuchado más de una vez: “Si no estuvieras tan lejos…” Es verdad que el viaje son unos 10.000 kilómetros más o menos. Y también lo es que, hasta que llegué a casa fueron, entre unas cosas y otras, dos días y medio. Ahora, mi hermana vive en la provincia de Alicante y cuando va a Salamanca, en total, es casi un día…; en comparación, mucho más. Pero no es menos verdad que el viaje más importante, sin duda alguna, el que marca mayor distancia, es el viaje en el tiempo que supone venir a Zimbabue.

Este globo terráqueo que fue entregado en mi celebración de envío en mi diócesis Salamanca me recuerda lo lejos y lo cerca que estamos España y Zimbabue.

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Soñando con los ojos abiertos

Dentro de poco se van a cumplir dos años desde que llegué a Zimbabue. Parece que fue ayer y sin embargo dos años son mucho tiempo cuando uno inicia una experiencia como la mía de intentar ser testigo del Evangelio en una cultura totalmente diferente a la tuya,  y ser testigo también con mis sentidos del paso de Dios por estas latitudes. Dos años dan para mucho. Justo ahora es cuando voy a tener vacaciones y creo que es bueno aprovechar este “tiempo de descanso” para hacer un balance sobre el sueño que tenía antes de venir y lo que queda de él.

Entre el primer Leo, al poco de llegar a Binga, y el segundo Leo, hace un mes largo, han pasado casi dos años. Hay muchas cosas en común, al menos en lo exterior, pero ¿siguen igual la mente y el corazón?

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África, escuela de humildad

Hace poco he estado visitando parte de la zona tonga de Zambia, en concreto algunos sitios que están al lado de los pasos fronterizos de Chirundu y Kariba y he aprovechado también para conocer la presa del lago Kariba, una obra de ingeniería digna de admirar, en cuyo final del reculaje, más o menos, se sitúa Binga, donde ya sabéis que vivo.

Estuve alojado en la misión de Lusitu, donde, vive Silvia, una milanesa amiga mía con quien coincidí en Irlanda cuando estábamos estudiando inglés para venirnos a estas tierras. Me había invitado varias veces y, por fin, encontré el momento. Por supuesto, han sido días de descanso, de disfrutar comida italiana casera y de compartir nuestra experiencia como testigos en tierras africanas.

Por supuesto, no es lo mismo Zambia que Zimbabue, aunque en ambos países haya tongas. No es lo mismo la perspectiva de una mujer que la de un hombre; eso sí, ambas necesarias y complementarias. No es lo mismo una laica que un cura, entre otras cosas por su diferente formación y posición en la Iglesia. Tampoco es lo mismo las visiones sobre la Iglesia o la pastoral de una laica y de un cura, a menudo más prácticas las primeras que las segundas. Y no es lo mismo muchas cosas que nos diferencian sobre todo a niveles más externos.

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El sentido de un viaje y el sentido de la vida

Hace poco fui por primera vez con mi compañero Kolwani a Chuunga, uno de los centros más alejados de la misión. Se tardan, en condiciones normales, unas cuatro horas en coche, no por porque haya muchos kilómetros -¿qué pueden ser, unos 150 como mucho?-, sino por el estado de la “carretera”.

Inicio del camino, cuando aún es bueno, que va a Chuunga. Un camino puede verse como símbolo del viaje que es la vida. Ahora bien, importa mucho dar un sentido a ese camino, a ese viaje que es la vida.

 

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Las grietas por donde entra la luz

No sé si es porque soy occidental y es mi forma de ver las cosas, o porque a veces uno es demasiado negativo y/o egoísta y no ve más allá de sus narices, o porque simplemente es el corazón humano y funcionamos como funcionamos… pero el caso es que nos quejamos siempre de todos y de todo. Parece que el mundo nunca ha ido peor que ahora, que hay guerras por doquier, que la corrupción campa a sus anchas en muchos políticos, que hay más paro que nunca, que hay una lista de espera en la sanidad de más de un año, que los índices de pobreza aumentan cada día… Vamos que es mejor no vivir en este mundo porque es casi la antesala del apocalipsis.

Pues todo eso que en más de una ocasión pensamos, sobre todo cuando nos vamos haciendo mayores (esto es un mal síntoma, os lo digo), se puede encontrar en Zimbabue elevado a la enésima potencia. Un 90% de la población en paro, más o menos. La mayor parte de la gente come una vez al día, y siempre lo mismo. Los sueldos a funcionarios se van básicamente a la policía y al ejército. Aquí, sí que la corrupción ha hecho de su capa un sayo en las instituciones públicas; muy difícil encontrar alguna que esté limpia del todo. El hospital de Binga, donde yo vivo, y que es un hospital de distrito, a veces manda a los pacientes a por paracetamol a la misión porque no tienen en el hospital. En el 2010 fue el país con el índice de desarrollo más bajo del mundo. Se calcula que unos tres millones de personas, a ojímetro (porque lo de las cifras aquí…), han emigrado a otros países, porque aquí sí que el futuro es, no gris, sino negro, negro, negro.

En medio de la desesperanza está Raphael Denzel.

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La cara de Dios

Ante unas palabras de Jesús que huelen a despedida (eso de que se va al Padre) surge la más que evidente inquietud, incomprensión y tristeza entre los discípulos. Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre” (Jn 14, 8). Todos los hombres en alguna ocasión hemos tenido esta sensación de orfandad, de quedarnos abandonados, sentirnos impotentes… ante un mundo donde en ocasiones parece que no existiera nada más que oscuridad, en un mundo donde parece que no haya lugar para la esperanza, en un mundo donde nos ahogamos tan fácilmente en nuestras pobrezas, miserias y pequeñeces… En esos momentos entonces, ver la cara de Dios, cual se ve una foto del ser amado, es experimentar su consuelo, su ternura, su quietud…

La cara de Dios… ¿Dónde encontrarla? ¿Cómo descubrir el rostro de Dios a nuestro alrededor?¿Dónde buscar a Dios en esta realidad a veces tan sin futuro?  ¿Qué rastros tenemos de Él en el pequeño mundo en el que cada cual vive? No es una pregunta fácil, sin duda alguna. La petición de Felipe se las trae, sin que lo pretendiera.

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No quiero ser misionero 

De pequeño nunca quise ser misionero, pero sí que admiraba mucho a l@s misioner@s. Personas que habían dejado su país, su gente, su familia… y vivían en las misiones, unos lugares por ahí en los confines del mundo (véase la selva, unas montañas perdidas…), ayudando a los más pobres, enseñándoles, curándoles y predicando la Palabra de Dios, porque nunca la habían escuchado antes. Eran unos héroes, gente de otra pasta, de una fidelidad y virtud más que probadas… Habían recibido de Dios una llamada especial y había que rezar por ellos, y en la campaña del DOMUND ayudarles con dinero para los niños pobres. Con el tiempo vi en ese concepto de misioner@ y de misiones que había algo que no me gustaba demasiado. Y esto por varias razones.

Ser testigo es pisar y compartir la misma tierra.

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